«Charles Portis pudo haber sido Cormac McCarthy si hubiese querido, pero eligió tener sentido del humor.» ROY BLOUNT, Jr.
Guy Dupree se ha saltado la condicional y se ha largado con la mujer, el fusil, la American Express y el Ford Torino de Ray Midge. A cambio, le ha dejado un Buick Special V-6 del 63 que se cae a trozos, además de la cornamenta y la cara de imbécil.
A Midge no le gusta salir, ni bailar, ni confraternizar con la gente. Tiene veintiséis años, vive de papá y está más que orgulloso de su colección de armas y su biblioteca de historia militar. Cuando le llegan las facturas de la tarjeta de crédito, localiza a los tortolitos. Ahora no le va a quedar más remedio que mover el culo. Los movimientos bancarios conducen a México y más allá. Así es que elige un Colt Cobra calibre 38 de su colección, hace la maleta y se pone en marcha en el Buick cochambroso. Le espera una América extraña de moteles lúgubres, médicos iluminados, tabernas inmundas, autoestopistas rumbosas, excombatientes enajenados, ruinas mayas, hippies reaccionarios, señoras videntes, evangelistas descerebrados, grupos extremistas, embaucadores, puestos fronterizos y carreteras interminables…
CHARLES PORTIS (1933-2020) nació y creció en Arkansas, se marchó, no le gustó lo que vio, y regresó para no volverse a ir (hasta que se fue del todo). Sirvió en los Marines durante la guerra de Corea y alcanzó el grado de sargento. Estudió periodismo y trabajó en el New York Herald Tribune con los máximos representantes del Nuevo Periodismo, Tom Wolfe y compañía. Nora Ephron, en su libro No me acuerdo de nada, se acuerda muy bien de él: «Varios periodistas afectados por el cierre de sus periódicos vinieron temporalmente a la revista Newsweek como redactores. Uno de ellos era Charles Portis, con quien salí una temporada, pero esa no es la cuestión (aunque tampoco se aleja tanto de la cuestión), la cuestión es que a Charlie, que era un magnífico escritor, con un estilo absolutamente excéntrico y espectacular [...], no se le daban nada bien los artículos de estilo formulario y plano». Según ella, Portis pensaba cosas que nadie más pensaba. Se curtió escribiendo sobre Elvis Presley, el «Sonido Nashville», el movimiento por los derechos civiles... Pasó una temporada en Londres como jefe de la sucursal inglesa del Herald Tribune, puesto que en su día ocupó Karl Marx (a quien si hubieran pagado mejor, bromeaba con sus jefes, se habrían ahorrado un montón de problemas). Desencantado, abandonó el periodismo en 1964 y volvió a su terruño, donde vivió retirado, lejos de la publicidad y la notoriedad, hasta el fin de sus días. No concedía entrevistas, no se relacionaba con el gremio y publicó poco (cinco novelas). Apenas hay fotos de él y, en casi todas, se asemeja a un Bigfoot capturado. En una está con John Wayne (quien adquiriría los derechos de su novela Valor de Ley, que luego adaptarían también los hermanos Coen), y parece que le importa una mierda estar posando junto al Duque. Todas sus novelas son historias de perdedores de su estado natal, Arkansas, pero en sus manos alcanzan una universalidad poco menos que shakespeariana. Tres acordes y la verdad, como en la música country, pero, como apuntaría Kaleb Horton, tocados en el caos. Captó como nadie el espíritu de su país: una tierra profundamente individualista de estafadores, miembros de sectas, trapaceros y embaucadores que se pasan todo el día buscando la verdad en los dibujos animados. Según los testimonios de quienes lo conocieron, solo quería que lo dejasen en paz y abrirse una (otra) cerveza.